El fantasma del geniograma
- 7 nov 2012
- 4 Min. de lectura

Espino infló el pecho y se detuvo un instante frente al espejo antes de llevar el geniograma resuelto para participar en el próximo sorteo. Se miró de cuerpo entero y, una vez más, se sintió imbatible. No había forma de arrebatarle la gloria. Cada noche asistía a un punto de reunión de gente que se dedicaba en cuerpo y alma al llenado de geniogramas. Espino pertenecía al grupo selecto que no utilizaba enciclopedias, diccionarios, menos la Internet. Lápiz en mano, descifraba cada acertijo con sobrada experticia y no había sinónimo, personaje, frase oculta, símbolo o clave, que no pudiera resolver. Su mirada hería la sensibilidad de quienes lo rodeaban, incluso la de su hijo, a quien consideraba un chico mediocre, sin sus virtudes intelectuales y quien apenas salvaba los años de escuela con calificaciones impresentables. Espino sentía vergüenza y lástima por él, y prefería mantenerlo separado del entorno social. Un huérfano de madre, sin más horizonte que la de sobrevivir bajo la sombra de su padre.
Una madrugada despertó con un frío intenso por todo el cuerpo. Quiso abrigarse mejor, pero no pudo. Estaba paralizado. Pensó que era un sueño, que pronto despertaría, pero el barullo de los pájaros y de las primeras carretas que se dirigían al mercado, le dijeron lo contrario: estaba despierto, pero inmóvil. Un grito ahogado en sus propias entrañas comprobó su mudez y su angustia creció. No podía articular palabra alguna; sólo movía los ojos, pero no podía cerrarlos. Pronto se dio cuenta de que tampoco estaba en su dormitorio. Reconoció el interior del kiosco de periódicos, pero en dimensiones colosales, como si hubiese despertado en un mundo de gigantes. Una mano enorme lo levantó en vilo y lo puso frente a un rostro picado de viruela que no tardó en reconocer: era Jonás, su más encarnizado rival. Jonás se sentó sobre una banca y abrió el periódico en la sección del geniograma. Espino, con el corazón en la boca, vio venir un lápiz enorme, una punta-lanza que lo dejaría ensartado como un insecto. Jonás escribió una palabra muy cerca a la posición de Espino, quien al hacer un esfuerzo enorme con el rabillo de los ojos, alcanzó a ver la fotografía de Saddan Hussein a su derecha y la de Napoleón sobre su izquierda. Jonás silabeó ambos nombres y de inmediato movió su lápiz con soltura y maestría. Luego dirigió la mirada sobre Espino y lanzó una maldición porque no sabía quien era. Entre palabras de grueso calibre murmuró que nunca había visto esa cara en toda su vida. Entonces dobló el periódico y se lo enfundó dentro de un bolsillo oscuro, profundo y maloliente. Media hora después lo sacó del abrigo y Espino vio con asombro que varios rostros se acercaban a mirarlo. “¿Lo conocen?”, dijo Jonás. “No”, contestaron al unísono. Luego sacó su lápiz y llenó los recuadros cercanos a la foto de Espino, pero no fue suficiente, quedaban tres espacios en blanco. “Qué raro”, exclamo uno de los presentes, “a quién se le ocurre poner la foto de un perfecto desconocido”. Jonás, terminó de llenar el resto del geniograma, guardó el periódico y se fue a trabajar. Entrada la noche se dirigió al punto de encuentro de los mejores geniogramistas de la ciudad. Buscó a Espino y no lo encontró por ningún lado. Extendió el periódico sobre una tosca mesa y llamó a tres de los mejores para enfrentar el reto. Movían la cabeza de un lado a otro y hacían gestos de desconcierto. Nadie identificó a Espino y eso lo afligió más. ¿Acaso no era él mismo a quien todos veían cada noche durante muchos años? ¿Por qué no podían reconocerlo? Jonás, cansado, levantó el periódico y lo lanzó al tacho de la basura. Espino se vio de pronto en un mundo perdido y oscuro. Sin la menor noción del tiempo, esperó y esperó hasta que se hizo la luz y, por fín, pudo reconocer el lugar donde se encontraba: era su propia casa. Puesto sobre la mesa, reconoció la lámpara que pendía del techo y el cuadro con la foto de sus abuelos que colgaba en la pared. Hacia el medio día sintió a su hijo volviendo de la escuela y eso lo alegró. El niño, como de costumbre, almorzaría solo y luego se encerraría en su dormitorio para hacer sus deberes. Cuando se acercó al comedor le llamó la atención que su padre haya dejado el geniograma puesto sobre la mesa. Su curiosidad fue mayor cuando se percató de que junto a una foto quedaban algunos recuadros en blanco y la quedó mirando con profunda atención. “¿Papá?”, murmuró asombrado “¿Eres tú?”. Espino aparecía en la foto con la misma edad que su hijo, la misma imagen que el niño había visto muchas veces en los álbumes familiares durante sus horas de soledad.
En ese instante, Espino sintió que podía moverse y de inmediato se levantó de la cama para ir en busca de su hijo y abrazarlo como nunca lo había hecho.




















Comentarios